2008-09-13

PAMPLINÓPOLIS, La ciudad que nunca existió.  

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¿De donde viene el nombre de esta ciudad / no ciudad?

Quizás de la combinación de Polis (Polis CIA) y pamplinas o pamplino, (pamplino es el que hace pamplinas), yo no creo que Pamplino sea ,como algunos aseveran , un romano elegante como Trajano (le llamaban así, por los estupendos trajes que lucía). En fin, en lo que si parece que se ponen de acuerdo las gente de historias, es en origen del nombre Pamplinópolis, que se deriva de pamplina, que es una especie de cuento para la gente más bobalicona. Pamplinas son lo que nos cuentan a la polis, antes de enviarnos a los polis si las pamplinas no resultan eficaces.

Se dice de Pamplinópolis que era un monte mochado al que la gente chic de la ciudad dio en llamar mesta, si si meseta, como llaman los catalanes a la jodida mesa, o como le dicen por la montaña en Navarra: “Mesa de los Tres Reyes”. En la meseta de Pamplinópolis - según parece – no había más reyes que los de la baraja marcada de los historiadores oficiales en nómina.

Otros estudiosos dicen sobre la palabra meseta, que la “me” viene de mecagüen, grito muy común en este “reyno” de naipes, y “seta”, por la cantidad de setas que hay en las faldas de la meseta y en los extremos de la ciudad que por cierto, a esa distancia se le puede quitar la “s” y entonces se puede armar una gorda en el tribunal constitucional de la pamplinopería. ¿resultan complicadas estas explicaciones?. Hay que tener en cuenta, que trato de explicar lo no existente, y para no inexistente apenas existen palabras, además, a estas alturas me acosan las dudas sobre si existe o no existe.
Bueno, el caso es, que en este lugar en el que solo existe lo que dicen que no existe, solo parece ser que existan los y la, que se creen que si existen. Ellos y ella, dicen que el pasado, pasado está, que está enterrado y que ¡basta ya!. Pero… si ellos y ella, creen que son los únicos que existen, será por que quieren existir a cuenta de los únicos que dicen que no existen y para lograrlo ponen en marcha su ley de “aquí solo existo yo” y hago la ciudad que me viene en gana.
Para ello sacan a pasear su máquina de hacer ciudades futuristas, el buldózer.
Es una máquina pesada y ruidosa, pero segura, en un plis - plas, es capaz de conseguir que una ciudad deje de existir y levantar otra en su lugar, a la medida de quienes la manejan, ella, ellos y de sus polis, que no son mancos.
A cada momento necesitan comenzar de nuevo a edificar su “Nuevo Futuro” en el que perpetuarse. El primer paso es horadar, el segundo horadar y el tercero seguir horadando y derrumbando en nombre de la modernidad. Y cuando comienzan a horadar en profundidad, eliminan sin cesar las capas de polis que solo existen para los que no existen.
A quienes ponen en marcha el buldózer en movimiento, solo les interesa construir madrigueras para ratas metálicas con cuatro ruedas, como en el caso de la inexistente Plaza del Castillo.
A cada metro que profundizan se encuentran con nuevas polis, si son romanas, mejor que mejor, así las asociarán con el pendón de Pampinópolis, que suena bien.
Siguen profundizando y encuentran otra capa de polis, ¡Jodé! ¡que son árabes!, ¿serán parientes de Bin Laden? ¿qué hacer?, si miran a la Meca nada, otra cosa sería si mirasen contra el gobierno, entonces…

Cuando la codicia de los únicos que existen se hace irrefrenable, prosiguen las excavaciones, que son como una huída hacia abajo, hacia los infiernos. Por que, cuanto más se meten en profundidades y más insisten en que, antes que ellos y ella, no existía nadie, excepto los que, como ellos y ella, destruían castillos, siempre fuera de Castilla. El caso es , que en su huída hacia los infiernos de la corrupción, se encontraban constantemente con una capa tras otra de polis vasconas, y no me estoy refiriendo a los “poli milis”, no, se trata de de unos polis vascones sin más ni más, polis sin ikurriña ni arrano, vascos y vascas, como dice el lendakari de los de andar por casa, de los de siempre.
¡No puede ser! exclaman los y la del buldózer, no podemos admitir que existan ni que hayan existido jamás los vascos. A estos cabrones, nuestros polis los mandaron al infierno y se han quedado a medio camino. Podríamos admitir polis vasconas en las profundidades milenarias de Atapuerca, que por desgracia para ellos, allí no llegó nuestro glorioso amejoramiento, pero aquí… de ningún modo. Nunca en nuestra tierra sagrada no, nunca en nuestra tierra bendecida por la Obra de Dios, aquí definitivamente no pudieron existir.
En todo caso, si dicen que andan por ahí, será por que un comando terrorista anti - pamplinas ha escavado un zulo – trampa para hacer creer a los pamplinos y las pamplinas, que antes que nosotros y nos – otra, existió vida humana.

Cómo es posible que existan personas como ellos y ella, que piensen que antes de ellos y ella, no existía nadie, aunque a veces se les va la lengua, y hablan sin darse cuenta de sus padres, que por cierto en tiempos pasados, se preocuparon muy mucho de que otros y otras dejaran de existir.
Hoy otro tipo de excavaciones sin buldózer y sin intereses especulativos, con pico, pala y mucho amor, encuentran en las cunetas nuevas polis con agujeros en los cráneos y tibias rotas, polis de las no existentes para ellos y ella, polis que iluminan la memoria histórica de los que no existimos.

Pero los inexistentes sabemos, que ella y ellos, solo existen en su Pamplinópolis de neón he inoxidable, en esa ciudad aparente y superficial, una ciudad inculta y plana, limpia y ordenada para poderla enseñar quienes solo les interesa, que un norteamericano cazador y bebedor, se corría unas juergas de aúpa por las calles y que ha una hora determinada de julio sueltan animales con cuernos para que kuxuxumuxu venda camisetas clónicas.

Y todo lo dicho no es nada comparado a lo que puede llegar en el 2012, ya que la regenta de Pamplinópolis está empeñada en que “su ciudad” sea nombrada la ciudad de la incultura europea, una ciudad sin historia para la historia, una ciudad con polis y sin vascones, una ciudad de “borrón y cuenta nueva” una ciudad que jamás existió.
José Ramón Urtasun.

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